lunes, 16 de marzo de 2009

Académico de la Historia

Académico de la Historia

Recuerdo al espigado abuelo de ojos azules con su largo paraguas negro, su impecable traje obscuro con unos bolsillos lleno de apuntes que minuto a minuto hacía, en la calle, en el bus, en la casa, en el café, en las bibliotecas. Era incansable, tanto que llegó a ser miembro de las Academias de Historia de Tunja, Cali, Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Pasto, Popayán y Bucaramanga.

También de la Asociación Argentina de Estudios Históricos, de la Sociedad Antioqueña de Autores, del Centro Bolivariano de Medellín y de los Centros Históricos de Envigado, Jericó, Marinilla, Santuario, Río Negro, y Santa Fe de Antioquia.
Dictaba conferencias y amenas charlas sobre el devenir histórico. A mi me indujo a aprender la Lengua Internacional Esperanto en 1969 y le seguí los pasos en la Historia y en la Academia. Todos los días aparecía un artículo de don José Solís-Moncada en alguna revista o periódico de América y de España.

Hijo intelectual de Pachito Uribe

José Solís fue un hombre que puede considerársele como realizado en todos sus objetivos porque, a diferencia de quienes sembraron un árbol y escribieron su libro, este ejemplar de laboriosidad escribió decenas de ellos. Su biblioteca era espectacular, libros en la cocina, en el corredor, en el patio, o en la sala entorpeciendo el sitio de las porcelanas de la abuela. Los más ordenados, en una vitrina que fue del periodista Camilo Botero-Guerra quien había ordenado a su hija Carlotica [Cotica] Botero entregarla a su mejor alumno.

Pachito Uribe-Mejía, el venerable médico y amigo de barbas blancas, autor de “Versiones” le dedicó la versión de ‘Corazón y Cerebro’ con este apunte que lo dice todo: «Para mi querido hijo intelectual con cariño de abuelo porque no se vive sólo con los músculos y con el estómago, se vive más intensamente y con mayor delicadeza, con el corazón y con el cerebro», y le entregó el escritorio que utilizaba en su consultorio. Su también amigo Joaquín Antonio Uribe, el autor de “El Niño Naturalista” dedicó un estudio científico a cada uno de los hijos de su amigo. A Miryam Carlota Solís, mi mamá, le dedicó El Sol.

Lo sabía todo

Recibió también el clásico y fino escritorio color caoba del novelista Camilo Botero-Guerra, donado a su «mejor alumno» y acomodado en la última pieza de la casa, «para que no le toquen los libros a José» -decía mi abuela. Experta ella en realizar la magia de la cocina paisa, o de aquellos tradicionales ‘algos bien parviados’ y que nos dejaba absortos ante los destellos luminosos de una espumosa taza de chocolate y arepa con quesito, vale repetirlo, deliciosos!

De pie frente a este escritorio vi a mi abuelo, durante nuestras vacaciones en Medellín, pegar recortes de periódico sobre folios que compraba por kilos en la papelería santafé y con los cuales iba formando un enorme libro de 300 páginas que él mismo empastaba con aguja capotera y pita de cáñamo encerada por las abejas, y popelina roja sobre la que escribía después, con impecable caligrafía en tinta china, el título del tomo número trece.
Conocía la alquimia de la letra invisible y de las dos gotas de limón para conservar el engrudo que él mismo almidonaba. Dentro de un pote de saltines el betún para dar lustre a sus zapatos. Una muchacha piernona almidonaba de sus camisas los cuellos y puños para mancuernas de plata con el logo de la Academia de Historia; ella también dejaba impecable y planchado a base de gasolina sus trajes de paño de Vicuña.

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