lunes, 16 de marzo de 2009

La Abuelita Carlota

(José Solís, Carlota Escobar, Bodas de Oro, 1968)

Rama: Solís-Escobar

Los nueve hijos de don José Solís-Moncada y Carlota Escobar-Montoya, sus 46 nietos y sus ya incontables bisnietos y tataranietos fueron parte inspiradora en este incansable investigador de todos los hechos acaecidos en el tiempo como lo fue don José Solís-Moncada. «Ecos de Mi Vida» recopila su extensa obra poética de hermosísima inspiración donde encuentra a Dios «en la llanura y en río, en la gotita clara del rocío y en dulce frescor del manantial».
La familia Solís-Escobar la constituyen los siguientes hijos: Miryam [Betulia, Oct.24,1919], Hernán [Betulia, Feb.5,1922], Mélida [Betulia, May.3,1923], Falira [Betulia, Dic.3,1924], William [Betulia, Oct.7,1926], Edilberto [Betulia, Dic.16,1927], Glafiro (Darío) [Betulia, Abr.3,1929], Liciria [Medellín, Jun.18,1930], Jorge León [Medellín, Jul.16,1940]. Hernán falleció en Envigado, Antioquia, el jueves 12 de agosto de 1999. (Ver dato ampliado en la página 71).

La Abuelita Carlota

La abuela Carlota Escobar murió en Medellín a las 10AM del jueves 24 de octubre de 1982, a los 82 años. Era hacendosa en extremo y poseía la magia para preparar los alimentos en un abrir y cerrar de la cocina; fríjoles con garra, arepa con quesito, ‘masamorra paisa’ con panela, y golosos dulces como postre.

Famosos eran sus ‘algos’ o meriendas con sus amigas las Señoritas Correa Puras, con Cotica Botero, con Rosita Rivera, con Pura Correa, o con doña Flor Ossaba para hablar del prójimo y otras cotidianidades del viejo Medellín tradicionalista y aristocrático. Sus juegos de ‘te canasta’ con Ana Escobar, a quien cariñosamente llamaban Felina por sus amor a los gatos; y las tertulias de trovas e hipnosis con el ‘Mago’ Bernardo Escobar y nuestras tías más alegres, Mélida y Liciria.
Pero lo que más nos encantaba cuando íbamos a casa de los abuelos en Medellín era alcanzar la gigantesca olla dulcera de esmalte blanco para sustraer una presa del dulce de tomate de árbol, o del goloso dulce de mora que bastaba con que la abuela siguiera las salpicaduras en el piso para encontrarnos debajo del escritorio del abuelo, saboreando dulce y literatura.

Allí también nos escondíamos después de esos espectaculares partidos de fútbol con el tío Jorge León Solís utilizando como pelota una media rellena con periódicos que terminaba quebrando la mejor matera de la abuela o el vidrio en la ventana del comedor porque ni Chonto Gaviria ni Pablito Centurión lograban atrapar el balón que impactaba contra algún cuadro durante aquellos espectaculares meleos y chilenas de Patiño para Génes y Génes pa’Patiño, dispara al arco y «Pin, tras, goool, a correr muchachos».

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